Michoacán está en llamas y al presidente Felipe Calderón no se le ocurre otra cosa que lanzar una baladronada más contra la delincuencia organizada.
Los latigazos que han propinado al estado los criminales en los últimos cuatro días ponen en evidencia el fracaso de la estrategia federal para encarar este múltiple y complejo reto.
Cada día que pasa el baño de sangre crece y de ahí que sean más quienes dudan de la tesis oficial de que se va ganando la guerra al narco.
Si Calderón Hinojosa no replantea cuanto antes el combate a los carteles del crimen organizado, la confianza hacia su administración entrará en una peligrosa pendiente.
No hay que descartar que la nueva Cámara de Diputados lo obligue a un rediseño de la estrategia, un rediseño que pasa -lo quiera o no- por encarar con más ideas las causas de dicho flagelo.
Es más, tampoco debe subestimarse la presión que están ejerciendo organizaciones defensoras de los derechos humanos nacionales e internacionales para que sea revisado el accionar del Ejército Mexicano en el marco del combate a la delincuencia organizada.
Hasta el prestigiado The Washington Post ha recomendado al presidente Barack Obama que la Casa Blanca ponga más atención a las múltiples denuncias sobre abusos cometidos por fuerzas castrenses mexicanas contra la población civil.
Para Calderón Hinojosa el tema de desenvolvimiento militar también se complica.
Ahora, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha colocado entre sus prioridades revisar hasta qué punto es vigente el llamado fuero militar.
En agosto próximo puede haber una definición en la materia por parte del máximo órgano judicial del país, y la posibilidad de que se declare obsoleto dicho estatus, crece en la medida en que aumentan las denuncias contra los soldados.
Calderón Hinojosa, en suma, se encuentra en un laberinto y para salir de él necesitará más ideas que amenazas.
Ya no es tiempo de arrebatos, son momentos de sumar y no restar, de organizar una cruzada nacional contra la inseguridad pública, que pasa por la aplicación de programas sociales de varios tipos para ir acabando con el caldo de cultivo que permite la proliferación de las bandas delincuenciales.